«Tisú en Oro»
Óleo, temple y oro de 18Kt sobre Lienzo.
66 x 120cm.
Colección particular, Sevilla.
Febrero / Marzo del 2016. Casa de las Sirenas, Sevilla.
Un poema anónimo ‘The Mardmaids’ cuenta brevemente el secreto del por qué que no hay sirenas en el mar, historia que fue el leitmotiv con formas de Sirena para este ambicioso proyecto expositivo, que se abría con una pequeña retrospectiva y que daba paso en una segunda propuesta a una selección de mi obra última.


Fachada principal del palacio de la Casa de las Sirenas, Alameda de Hércules.

Vista de la sala desde el exterior.

«Composición de blancos sobre madera»
Yeso, estuco, óleo y temple sobre madera. 60 x 80 cm.

Un visitante ciego recorre con sus dedos una de las piezas de la exposición.

Visita de mi familia.

Loren del Rio delante de «Composición Vertical».

Con Guillermo Torres.

Guillermo, Mº Carmen García, Andrés Bojollo, Lourdes, Pilar y Jose Antonio G. Álvarez, autor de esta página web.

Carmelo y su hermano Jose Antonio, ilustres nogaleños.

Con Fátima y nuestras «Sirenas».

Con Carmen López, Rosa, Lura y Leandro.

la visita de Claudio.

Nani y Pedro.

Jose Luis de Roma.

Noche de la inauguración tras la presentación de Javier Barberan, comisario de la muestra.



Con Rocío Sánchez-Palencia y María José Valverde.

Andrés Muñoz Arteche, enfocando.

Con Maritza y Juanjo.

Con Guillermo y Juan.
[Noticias Jaén 1, 11/03/2016. Canal Sur Televisión]
Si van por Sevilla sepan que hasta el 15 de marzo, el centro cívico ‘Las Sirenas’ de la capital, acoge la segunda etapa de la exposición de Natividad Jiménez «Entre dos Silencios de Sirena». Volúmenes en yeso, cubiertos de pan de oro y plata se mezclan con óleo y temples. La primera parte de la muestra se compuso de una pequeña retrospectiva de la autora. La entrada es gratuita.
Publicado el 14 de marzo 2016.
Las edades de la pintura.
“Era el primer pregón la voz, la voz pura; el segundo el canto, la melodía; el tercero el recuerdo y el eco, la voz y la melodía ya desvanecidas”
Luis Cernuda
Nuestros ojos están cansados de mirar: son tantas las imágenes que nos rodean, y se suceden a una velocidad tan rápida, que, de no ir contra la razón, diríamos que el olvido precede a veces a la propia contemplación del objeto. Mirar no es ver; requiere sosiego y una disposición del espíritu en la que el tiempo no se mida con la velocidad del segundero, sino con la calma al menos de las hojas del calendario. Al detenernos ante un cuadro haríamos bien en preguntarnos: ¿cuándo se pintó? ¿Qué tiempo le dedicó el artista a su creación? ¿Cuántas veces ha visto la luz antes que ahora? Porque finalmente, y aunque admitamos el valor de la propia obra, ésta contiene también mucho de todos esos ojos que se han abierto ante ella y que la han contemplado.
Que un texto breve se enfrente a la tarea de glosar una exposición en la que se concentran décadas de trabajo supera incluso el atrevimiento que supone la propia existencia de la muestra. El díptico que Natividad Jiménez nos propone está ocupado por la materia pictórica: temas y técnicas se despliegan para hacernos partícipes de toda una trayectoria vital, con formatos y soportes diversos; podemos apreciar la sencilla presencia del papel o percibir la trama del lienzo, disfrutar de los óleos intensos o sentir la seducción del oro. Pero en estas líneas solo viven las palabras y deberé confiar en ellas para que no oscurezcan el brillo de la obra y sean al menos una grata compañía para el visitante.
Con esas herramientas no renuncio a construir un ámbito donde reivindicar el gozo de la mirada. Acostumbrado como estoy a valorar la importancia del espacio, me gustaría que ante estas obras os olvidarais de él y que le dierais a la pintura la posibilidad que Paul Valéry le concedía a la arquitectura y la música: el ser habitadas por el individuo. Si ello cupiera aquí, os pediría que negarais a las paredes de la sala su condición de límite, y hasta que la misma atmósfera que respiráis no sea más que aire, el necesario soporte para la vida. Quizás de este modo cabría la experiencia extrema de habitar en los mundos que han existido, antes que en ningún otro lugar, en la mente de Natividad Jiménez. Para hacerlos visibles ha necesitado de años, pero no solo por la dificultad del empeño, sino por la propia voluntad de que vida y obra sirvan de mutua inspiración. En este itinerario, hasta los paréntesis adquieren significado: los trabajos y los días están sujetos a reglas que no siempre controlamos, y por ello hay momentos de silencio. Pero el silencio no niega la voz, sino que prepara su vuelta: la hace retornar, como en el texto de Cernuda, en forma de canto, y así abre la puerta a la memoria, ese territorio casi infinito plagado de voces convertidas ya en eco.
Sería maravilloso poder romper el muro que nos impide sumergirnos en las pinturas y dibujos que llegan aquí. Acostumbrados como estamos a lo paradójico en nuestras vidas, hemos de reconocer la dificultad de esta empresa, pues aunque la barrera sea frágil en su materialidad -apenas el leve espesor de los pigmentos-, resulta infranqueable como idea, ya que preserva un universo al cual somos en última instancia ajenos. Sin embargo, creo que el esfuerzo merece la pena. No se trata de piezas aisladas con las que nos topamos por azar, y ni siquiera debemos ver esta doble exposición como una antología de fragmentos: aceptemos la propuesta y reconozcamos en las obras un conjunto que aspira a hacerse -por breves momentos o por largo tiempo, quién sabe- parte de nuestras vidas.
Cada una de las historias que Natividad Jiménez nos muestra aparece íntimamente relacionada con las demás: no se trata de un simple aire de familia, sino de algo que forma parte de su ser íntimo. Los cuerpos que se entrelazan adquieren su sentido cuando viven en la atmósfera que bañará después los paisajes donde el fulgor de la melancolía se hará presente; las texturas de telas y bordados, transmutadas en densidad y relieve de óleos y oro, juegan con nuestra percepción, y nos recuerdan aquellos brocados que en otro tiempo sirvieron para cobijar el deseo. Y las sirenas, finalmente, permanecen para recordarnos, como en una vanitas, la solemne voz de la vida y la muerte, del tiempo y de sus signos.
En la Odisea, Circe advierte a Ulises de los peligros que deberá afrontar en su viaje, y de modo especial le previene contra las sirenas y la magia de su canto. De todos es conocida la estratagema de Ulises, que no desea renunciar a esa experiencia única: al pasar junto al lugar donde habitan las fantásticas criaturas se hace atar al mástil del barco para poder oír su llamada sin caer en el hechizo, mientras que los marineros siguen bogando, con los oídos tapados por la cera, ajenos a las sobrenaturales voces. La literatura y las artes han sido generosas al hablar del sufrimiento de Ulises, de la atracción por el abismo que las sirenas representan. Sin embargo, no solemos pensar que la tripulación de la nave probablemente viviera el resto de sus días recordando aquella jornada en que pudieron oír un canto único y no lo hicieron. Cuando esta exposición no sea más que memoria, compadeced a los marineros.

Javier Rodríguez Barberán.
Profesor de Historia de la Arquitectura. Universidad de Sevilla.


Lona de la entrada.
